LUIS CARLOS BARRIOS: UN ORIGINAL ARTISTA COLOMBOMEXICANO
In memoriam
Mario Rey
Luis Carlos nació en Bogotá en 1953, y falleció en la Ciudad de México en 2011; como tantos migrantes latinoamericanos y del mundo, nunca dejó de ser de su país de origen y se fue desarrollando e integrando a la otra “Región más Transparente del Aire” hasta convertirse en un verdadero chilango. En México hizo su obra y decidió morir en la ciudad y el país al que llegó atraído por su rica historia plástica, tanto por el muralismo y sus maestros, como por los entonces jóvenes de “La Ruptura”, y por la especial intensidad de su luz y sus colores, presentes también en las artesanías, la comida, las bebidas, la música, los trajes y las fiestas.
Llegó a México después de haber emprendido un viaje iniciático a Europa, por amor, por el deseo de vivir otras experiencias y buscar nuevos horizontes y, sobre todo, para recorrer y estudiar sus museos, sus colecciones, sus galerías y su arquitectura. Curioso, vital, ávido de vivencias y conocimiento. Por el deseo, en suma, de autoconstruirse como persona y artista. También, porque el ambiente artístico en la fría y formal capital colombiana era muy cerrado y muy elitista, con pocas oportunidades, saturado por la pesada carga de unos pocos apellidos, un ambiente especialmente sofocante y difícil para su timidez y su parquedad.
En Bogotá, en el bachillerato, Luis Carlos toma conciencia de su interés por la pintura y las artes plásticas; inicialmente estudia fotografía con Hernán Díaz y poco después se integra a la escuela de David Manzur; en México se vincula muy pronto a la Academia de San Carlos, la Escuela de Estudios de Postgrado y los Talleres de la UNAM.
Para Luis Carlos la pintura significaba tranquilidad y paz, una forma de escaparse del agobio de la ciudad, un viaje permanente en el que se encontraba y se integraba con las personas, las cosas y los paisajes que se le iban apareciendo y luego llevaba a las telas, las maderas y los objetos que producía… “La pintura para mí es todo, mi vida, sentirme vivo… Cuando no pinto, me siento en una situación muy incómoda, muy difícil”. Luis Carlos pintaba porque necesitaba pintar, porque necesitaba comunicarse con él y con el mundo a través de las formas, los colores, las luces, la memoria, el alma...
Cuando tuvimos esta conversación, a mediados de los ochenta, en medio de la Semana Cultural de Colombia en México y la revista La Casa Grande, se encontraba en un momento de especial tranquilidad y revisión de su obra y el tiempo, él y su obra en el tiempo... Su carácter y el mío no compaginaban mucho, pero nuestra relación con el arte, Colombia y México nos permitía comunicarnos de una manera sincera y profunda.
Su situación económica no era boyante, pero siempre fue muy solidario con la población colombiana y mexicana cuando la Naturaleza nos golpeó, y en varias ocasiones donó obra para subastas benéficas.
Expuso en varias reconocidas galerías de Colombia, Venezuela y Mexico, entre otras, en la Belarca y el Salón Atenas del Ministerio de Relaciones Exteriores; en la Sala de Exposiciones de la Gobernación del Distrito de Caracas; en la Débora Arango, la Florencia Riestra y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en Arcobis, la José María Velasco y la Casa de España en México; asimismo, en casas y departamentos desocupados de sus amigos, y en el suyo, y ahora en La Casa Grande[1]. Recibió la Mención de Honor en el Primer Salón Nacional, Cúcuta, 1981 y el Premio Rafael Esteban García, 14º Salón de Arte Joven, Museo Francisco Antonio Zea, Medellín, 1983.
Aunque pasó la mayor parte de su vida en México, y se convirtió en mexicano, nunca dejó de ser colombiano, nunca dejó de extrañar a Colombia, de recordar a Colombia, de amar a Colombia: “la extraño desde lo más profundo de mí… Lo que más quisiera es volver a Colombia cuando mi pintura esté más o menos reafirmada, pintando como quisiera pintar… Extraño el paisaje, y sus olores…” Y se los trajo: Monserrate y los cerros de Bogotá, la Sabana de Bogotá, la Plaza de Toros de Bogotá, los páramos, los verdes tapices de los valles, las llanuras y las montañas de Colombia, el Río Magdalena, las palmeras, las frutas y las aves, los familiares y los amigos, Simón Bolívar, los rojos tejados y los cielos azules están siempre presentes en sus pinturas.
Y si hubiera regresado a Bogotá y sus alrededores, Luis Carlos hubiera extrañado México, cuyos paisajes, arquitectura, colores y luces también registró intensamente en sus lienzos, maderas, botellas, hieleras y objetos con los que se topaba y transformaba en arte, una original propuesta figurativa contemporánea a medio camino entre naif, dadá, ready-made y surrealista…
Las maderas y los objetos en la sensibilidad y las manos de Luis Carlos no sólo cambiaban de aspecto y función, se volvían poliédricos, multifacéticos y en muchas ocasiones alcanzaban la ambigüedad y la multiplicidad de sentidos de las obras creadas por la naturaleza, el tiempo, la mirada y el arte, como uno dorado que tengo al frente y me sugiere tanto una bazuca como una cruz…, un instrumento de muerte y un símbolo de trascendencia espiritual, con una verde planta de flor blanca, un burócrata leyendo la prensa y un hombre embelesado con una espalda, unas caderas y unas nalgas andróginas…
Inquieto, de sus emblemáticas y exitosas maderas intervenidas por los seis lados −bloques vegetales de formas y superficies caprichosas que encontró primero en los talleres de David Mazur, luego en la calle y después en las madererías−, pasó a la cerámica, donde forjó con sus manos el barro al que sometería al fuego para dar vida a nuevas formas, utilitarias sólo algunas… Convirtió el barro en escultura y en papel, y dibujó en él, para retornar de otra manera a la superficie bidimensional de la que partió y hacer de nuevo el recorrido completo… También incursionó en el collage, y en el grabado, y en la serigrafía, sin olvidar nunca sus óleos…
Luis Carlos y sus obras nos acompañan hoy y nos acompañarán siempre mientras estemos vivos, y vivirá siempre en nosotros, en nuestros corazones, en nuestra memoria, en nuestro gusto…
Algunas de sus Obras